(Discurso presentando en la Universidad Javeriana)
Aunque no es de extremo gusto estar parado acá, ante el hecho de tener que dar un discurso en uno de los lugares mas concurridos por el ocioso transeúnte o el simpatizante de la cuentería, de esta majestuosa universidad y en un intento de vehemencia, me dirijo a ustedes.
El suelo resquebrajado del lugar donde estamos parados, solo fue posible cuando el afamado rey Felipe III de España, conocido por expulsar a los no cristianos, decidió que era viable empezar a ejecutar esta obra. 383 años después de este hecho, recuerdo llegar a este lugar en un desconcierto y despiste todavía más agudo del cual aun soy victima, para encontrarme hacinado en uno de los salones de los edificios menos apreciados de este sitio, el calor, la imposibilidad de desplazarse de un lugar a otro en este cuchitril, y ante la latente presencia de 40 personas apoyadas en asientos que recuerdan a las viejas cajas de gaseosa de madera, me dejo aun más desconcertado.
Y es que levantarse cuando los gallos cantan ha sido mi tortura desde que tengo memoria, mas aun cuando la motivación diaria era tal acto de ignominia. Las clases con la famosísima Amparo Ibañez, de “historia de la comunicación” no resultaron ser tan amargas como las calificaban, por alguna alegre razón sus renombrados machetazos nunca me tocaron, al punto en que de no ser por tal suerte, seguramente no estaría parado acá.
He calculado que he tenido que sentarme a escuchar por alrededor 4600 horas el discurso de 72 profesores de la mas variada calidad, pero no alcanzo a calcular cuantas horas de siesta he tenido cuando algunos pocos satrapas de la mediocridad jugaron a dar clase entre absurdos talleres, largas ausencias, películas irrelevantes y detestables libros previamente convenidos con sus amigos editores.
Pero no voy a escupir para arriba, porque por alguna razón escogí este marginal campo laboral. Me hizo falta pagar millones para darme cuenta que en donde no hay demanda no hay plata, y es que el campo editorial en nuestra tierra o se suda o se convierte en el acto de hipocresía de cóctel o la relación publica por conveniencia.
Además, no todo es sombrío, la permanencia me ha dado la posibilidad de subir el azúcar en Oma, o Dunkin' , y para compensarlo un paseo extra para llegar hasta la absurda y única puerta de salida del Barón, que está lista para ser la causante de un desastre ante una emergencia. También, me consuela saber que nuestro decano académico se ha enterado de la ultima tecnología en la Javeriana: la inscripción de materias por Internet, y que siendo así, mi característico despiste se ha legitimado finalmente.